Mark Henderson, de Wellcome, pide en Nature que los científicos reconozcan su sesgo político. Acierta en lo que pide. Se queda corto en el diagnóstico, porque quienes más han usado la ciencia como escudo en esta década tenían despacho en un ministerio.
En marzo de 2026, una encuesta para Wellcome preguntó a 142 personas que trabajan en ciencia dónde se colocaban políticamente. Casi el 40 % cayó en el grupo que la consultora More in Common llama activistas progresistas. En la población británica, ese grupo es el 12 %.
Henderson, director de asuntos corporativos de la fundación, usó el dato el 1 de julio en una columna de Nature. En el Reino Unido los políticos arrastran un saldo neto de confianza de −75 % y los científicos conservan un 58 %, pero esa ventaja, avisa, no aguanta si solo la sostiene un lado del espectro. Dos tercios de los científicos encuestados están en los dos segmentos más a la izquierda, frente a un tercio de la población. En los tres más conservadores, que agrupan a la mitad del país, aparece uno de cada cinco científicos. Henderson les pide que reconozcan ese sesgo y que dejen de mezclar evidencia con creencias políticas. fuente
La muestra de científicos es pequeña y la propia Wellcome reconoce que no está ponderada, así que sirve como indicio y poco más: evidencia débil, aunque la columna construya sobre ella su argumento central.
El dinero antes que el carné
El informe del que sale la columna, Britain talks trust in science, publicado en abril, trae dos cifras que Henderson deja en segundo plano. En 2020, el 63 % de los británicos decía confiar «mucho» en la ciencia; ahora lo dice el 34 %. Y si alrededor de tres de cada diez creen que la ciencia se ha asociado demasiado a causas políticas, más de un tercio cree que las agendas y las conclusiones las moldean los intereses de quien paga la investigación. La sospecha sobre el dinero pesa algo más que la sospecha sobre el voto. El informe completo, por cierto, no se descarga desde la web de Wellcome: hay que ir a buscarlo a la de More in Common. fuente
Desde la guardia, esto se reconoce enseguida. El paciente que desconfía rara vez discute la troponina. Discute a quien se la cuenta, y lo que cree que esa persona gana contándosela.
Más de un tercio cree que las agendas y las conclusiones las moldean los intereses de quien paga la investigación.
Por eso el orden importa. Antes de preguntar a quién vota un epidemiólogo, el público quiere saber quién financia su grupo y qué conflictos declara. Para eso basta la contabilidad a la vista, en la primera página de cada informe.
Quién dijo que seguía a la ciencia
Los británicos que ven sesgo en la ciencia lo sitúan en la izquierda el doble de veces que en la derecha, y el ejemplo que más citan es la pandemia. Ahí conviene mirar quién hablaba. Desde los primeros días, el Gobierno de Boris Johnson repitió que sus decisiones estaban «guiadas por la ciencia». En 2021, Dominic Cummings, que había sido su principal asesor, declaró ante dos comisiones de la Cámara de los Comunes que el ministro de Sanidad, Matt Hancock, usaba a Patrick Vallance y a Chris Whitty como escudos, para poder culpar a los científicos si algo salía mal. Y el Gobierno no siempre los seguía: en septiembre de 2020, el comité asesor SAGE recomendó un confinamiento corto para frenar el repunte, y Downing Street esperó a noviembre. fuente
Mi hipótesis, plausible pero no demostrada por ninguna de estas encuestas, es que una parte de lo que los segmentos conservadores leen como sesgo izquierdista de la ciencia es el residuo de aquella confusión entre consejo y decisión, fabricada por un gobierno conservador.
El argumento que más incomoda a esta hipótesis lo firmaron en octubre de 2020 tres investigadores de Harvard, Oxford y Stanford, Martin Kulldorff, Sunetra Gupta y Jay Bhattacharya, en la Declaración de Great Barrington. Sostenían que las restricciones prolongadas castigaban sobre todo a los más desfavorecidos. Esa parte aguanta mejor de lo que a mucha izquierda le gusta admitir. Quien pesa los costes de cerrar un colegio desde un portátil no los pesa igual que quien reparte paquetes con los hijos solos en el piso. La posición de clase de los expertos condiciona qué daños ven, y eso sí es un sesgo, aunque no lo mida ningún segmento de More in Common.
Quien pesa los costes de cerrar un colegio desde un portátil no los pesa igual que quien reparte paquetes con los hijos solos en el piso.
Donde falla es en lo que se hizo después con él. Bhattacharya dirige los Institutos Nacionales de Salud estadounidenses desde abril de 2025, y el anuncio de su nombramiento, en noviembre de 2024, prometía devolverlos a un «patrón oro» de la investigación. El 23 de mayo de 2025, Donald Trump firmó la orden ejecutiva Restoring Gold Standard Science. Arranca lamentando que en cinco años ha caído la confianza en que los científicos actúen por el interés público, y en su sección 7 pone en manos de altos cargos de nombramiento político la vigilancia de la integridad científica, con capacidad para corregir información. El diagnóstico de sesgo se convirtió en licencia para intervenir. Quién redactó el texto no consta en él. Consta quién lo firmó y a quién da el poder. fuente
Una frontera con dos firmas
Henderson tiene razón en lo esencial, y su propio informe lo dice mejor que la columna: los científicos no deben presentar como «la ciencia» juicios de valor ni equilibrios con la economía. Lo que se sigue de ahí es una frontera, y la frontera tiene dos lados con dos firmas.
De un lado, lo que sabemos y con qué grado de certeza: consenso, evidencia discutida, hipótesis, hueco. Eso lo firma el comité científico, con sus fuentes de financiación declaradas en la primera página. Del otro, las alternativas y quién paga cada una. Eso lo firma quien gobierna, con su nombre, y cuando el coste recae sobre gente que no estuvo en la sala, debería pasar antes por una asamblea ciudadana con capacidad de obligar.
Equilibrar la foto contratando científicos conservadores sería la salida fácil. Cambia la plantilla, deja la frontera igual de borrosa y no toca la pregunta del dinero, que es la que más pesa.
Hay una forma de comprobar quién tiene razón. Si dentro de cinco años la confianza de los segmentos conservadores británicos sube sin que cambie la composición política de los laboratorios, Henderson se habrá equivocado de causa. Si solo sube cuando cambie esa composición, el equivocado seré yo.
Los 142 de Wellcome contestaron con franqueza dónde se colocan. Es más de lo que hicieron los ministros que, durante la pandemia, firmaron sus decisiones con el nombre de otros.
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Fuentes e investigación asistida por IA
Henderson, Mark. «Scientists should recognize their own political biases to build public trust». Nature, 1 de julio de 2026. Enlace
More in Common para Wellcome. Britain talks trust in science. Wellcome, 17 de abril de 2026. Enlace
Yates, Kit. «Covid inquiry: the UK government’s pandemic response was often not «guided by the science», yet now scientists are under fire». The Conversation, 2022. Enlace
Casa Blanca. «Restoring Gold Standard Science», orden ejecutiva, 23 de mayo de 2025. Enlace
Médico de urgencias y emergencias. Escribe sobre medicina urgente, evidencia y lo que se aprende en las urgencias. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.





