Pacientes mayores en colchonetas de un gimnasio, con mantas, un pie de gotero vacío y una enfermera arrodillada al fondo

Los cincuenta de Fukushima y los pacientes que nadie recuerda

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La noche del 14 al 15 de marzo de 2011, al menos 71 empleados de TEPCO seguían en la central de Fukushima Daiichi. Y 34 pacientes encamados del Hospital Futaba llegaban a un gimnasio tras diez horas de autocar, sin nadie de su hospital. Catorce murieron en el viaje o al día siguiente. El Debate solo recuerda a los primeros.

Una central a oscuras y al menos 71 personas dentro

Fernando Prado publicó el 4 de noviembre en la sección de historia de El Debate un repaso de aquellos días. Cuenta el terremoto de magnitud 9,0 y el tsunami que dejó sin corriente la refrigeración. Cuenta también cómo el director de la central, Masao Yoshida, siguió inyectando agua de mar en el reactor 1 cuando la sede de TEPCO le ordenaba parar. Y lo adorna como una novela de resistencia, con galletas para desayunar y mantas de plomo sobre el suelo de un búnker.

El artículo tiene errores. Los que se quedaron no fueron cincuenta. The Japan Times, en una serie de 2014 sobre aquellas jornadas, cuenta al menos 71 empleados de TEPCO en la planta en la madrugada del 15 de marzo. «Fukushima 50» fue el nombre que les puso la prensa en inglés. Tampoco es cierto que el reactor 2 no liberase material radiactivo. El Ministerio de Medio Ambiente japonés, en su material de referencia de 2022, le atribuye el pico más alto que se midió. Fueron unos 12 milisievert por hora junto a la puerta principal, a las nueve de la mañana del 15 de marzo.

Las dosis fueron altas para pocos. Con datos de TEPCO hasta enero de 2016, el instituto francés de radioprotección (IRSN) contaba 174 trabajadores por encima de 100 milisievert y 6 por encima de 250. El máximo fue de 678,8. Para esos 174, el comité científico de la ONU sobre radiaciones (UNSCEAR) estimó en 2014 dos o tres cánceres añadidos sobre los setenta, más o menos, que aparecerían sin exposición. Es tan poco que difícilmente un estudio lo detectará. En 2018, el Ministerio de Sanidad, Trabajo y Bienestar japonés reconoció como profesional el cáncer de pulmón que mató a un trabajador, según NPR. Había medido radiación en la planta tras el accidente.

Treinta y nueve pacientes que no estaban en la central

A 4,6 kilómetros de allí, en el Hospital Futaba de Okuma, estaban las otras muertes. Toyoaki Sawano y su equipo reconstruyeron su evacuación con autos judiciales y testimonios, y la publicaron en 2021 en Disaster Medicine and Public Health Preparedness. El hospital tenía 338 ingresados, se había quedado sin luz ni agua y no tenía acuerdo con nadie para evacuar. Más de veinte pacientes llevaban nutrición parenteral y más de cuarenta, sonda enteral.

El 12 de marzo salieron en autocar los 209 que podían andar, y con ellos casi todo el personal, porque se creía que sería algo temporal. No murió ninguno. El 14, las Fuerzas de Autodefensa se llevaron a 34 que no podían moverse, y el personal que quedaba se quedó con los que no cabían. Diez horas hasta un gimnasio de Iwaki. Tres murieron por el camino y once al día siguiente. Al terminar la evacuación habían muerto 39 de los 338, el 11,5 %, casi todos encamados o con discapacidad. Ninguno por radiación, dicen los autores.

Uno de aquellos 34 tenía 97 años y demencia grave, y llevaba nutrición parenteral. Estaba estable. Le retiraron la perfusión para el viaje y murió a la mañana siguiente en el gimnasio. Desde la guardia, el mecanismo no tiene misterio: un paciente frágil está estable porque alguien le mantiene la vía y le aspira las secreciones. En aquel autocar no viajaba nadie de su hospital. Los autos judiciales apuntan a la deshidratación y al esfuerzo del traslado.

A 1 de febrero de 2026, la Prefectura de Fukushima contaba 4.181 muertes por el desastre, 2.350 de ellas relacionadas. Así llama Japón a las que llegan después del golpe inicial, por el deterioro de la salud y el estrés de vivir evacuado. Son más que las que causaron directamente el terremoto y el tsunami en la prefectura. Ninguna cabe en el relato de los cincuenta, aunque la cifra mezcla la evacuación nuclear con la del tsunami y no se le puede cargar entera a la central.

Carteles en la puerta y burlas en el colegio

Fuera de Japón los llamaron héroes, y en septiembre de 2011 el jurado del Premio Príncipe de Asturias de la Concordia premió a los «Héroes de Fukushima». Dentro, muchos vecinos los vieron como parte del problema. En mayo y junio de 2011, el psiquiatra Jun Shigemura encuestó con su equipo a 1.495 empleados de Daiichi y Daini, y publicó los resultados en JAMA en 2012. En Daiichi, el 47 % tenía malestar psicológico y el 30 %, respuesta de estrés postraumático, frente al 37 % y el 19 % en Daini. Un 14 % en Daiichi y un 11 % en Daini contaban haber sufrido discriminación o insultos. Eso se asoció en los dos grupos a más malestar y más estrés postraumático. Es una encuesta transversal y autodeclarada, que muestra asociación y no causa.

En agosto de 2012, Shigemura contó a Associated Press lo que le relataban los trabajadores. Desplazados que increpaban a los trabajadores, carteles en la puerta pidiéndoles que se fueran, hijos de los que se burlaban en el colegio, caseros que no les alquilaban. Pidió que alguien les diera las gracias, porque nadie lo hacía.

Ni la épica de fuera ni el insulto de dentro miraban el turno o la dosis de quien estaba allí. Los sanitarios españoles conocemos la secuencia desde los aplausos de 2020: la palabra héroe dura lo que dura la emergencia, y luego vuelven las plantillas de siempre.

Lo que la épica no deja planificar

La versión más honesta del argumento contrario dice que el 15 de marzo nadie sabía si la contención del reactor 2 aguantaría. Evacuar veinte kilómetros era defendible, y en un escenario peor habría salvado vidas. Sawano no lo discute. Lo que documenta es cómo se hizo. No había acuerdo previo ni comunicación entre el centro de mando, el ayuntamiento y las Fuerzas de Autodefensa, pese a las peticiones repetidas del hospital. Y los más graves viajaron sin su personal. Los autores plantean incluso, con cautela ética, que dejar en su sitio a los pacientes críticos puede ser razonable si se mantienen la infraestructura y la plantilla.

Reconocimiento y épica son cosas distintas. Shigemura pedía gratitud para los trabajadores, y la merecían. Lo que sobra es el relato que convierte en virtud dormir en el suelo y desayunar galletas, y que deja fuera de plano el gimnasio de Iwaki.

Quedan huecos. En 2016, el IRSN señalaba que no se había publicado una evaluación completa del seguimiento médico de los trabajadores. Si ese balance ha salido después, no lo he encontrado. La cuenta de cánceres de UNSCEAR sigue siendo una proyección.

Quince años después, el recuerdo de Fukushima sigue entrando por la sala de control. Lo que le sirve a urgencias está en un gimnasio de Iwaki, adonde un hombre de 97 años llegó sin la perfusión que lo mantenía estable.

Lo esencial

El Debate recuerda a los trabajadores que se quedaron en Fukushima Daiichi en marzo de 2011. Fueron al menos 71, y las dosis altas se concentraron en pocos trabajadores. Casi todas las muertes estuvieron fuera de la central: 39 pacientes del Hospital Futaba murieron en una evacuación sin coordinación ni personal a bordo, y la prefectura suma 2.350 muertes relacionadas con el desastre. Los trabajadores, además, sufrieron estigma en su comunidad.

La valoración de Troponina. Un plan de emergencia nuclear que dibuja radios en un mapa y no dice quién acompaña a cada paciente encamado está incompleto. Mientras Fukushima se recuerde con héroes, esa pregunta tendrá menos sitio del que merece. Quienes se quedaron en la central merecen un seguimiento médico publicado antes que otro homenaje.

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Fuentes

Técnica sanitaria arrodillada junto a un desfibrilador en la banda de un campo vacío; detrás, un camillero abre una camilla Entrada anterior La ambulancia del Heliodoro solo pisa el césped para inmovilizar