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OPINION

Médicos ‘quemados’ antes de la COVID-19: «Llegó a ser un pulso perverso entre el paciente y yo, entre su salud y la mía»

En OPINION/PORTADA

Eduardo nunca tuvo la sensación de estar al día en su trabajo. Se sentía como un marinero que achica agua con una cucharilla de café mientras el barco se hunde. Sus jornadas laborales se prolongaban de las ocho de la mañana a las ocho de la tarde de lunes a viernes. Utilizaba los sábados para poner en orden los casos más difíciles con los que tenía que lidiar entre semana. Tampoco los domingos lograba desconectar.

En los últimos años, no era raro el día en que se quedara hasta las once de la noche analizando casos para reincorporarse a las siete de la mañana. Eduardo (nombre ficticio, al igual que los del resto de sanitarios que aparecen en este reportaje, que han querido preservar su identidad) estudió medicina por vocación, «por su valor humanitario», pero lleva años sin ejercer. La enfermedad de un familiar muy cercano le colocó frente al espejo y le hizo ver su incapacidad para gestionar todo aquello que se alejara de su labor como especialista en uno de los hospitales públicos de referencia de Canarias.

 

El bajón anímico precedió al sentimiento de culpa. «Estaba emocionalmente destrozado. Era incapaz de diagnosticar, temía meter la pata. Mi rendimiento empeoró, llegó a ser un pulso entre el paciente y yo, entre su salud y la mía. Era perverso». Trabajaba fuera de horario «por agobio, no con satisfacción». Aguantó, intentó cambiar la actitud, pero acabó sucumbiendo, agotado, en mitad de sus vacaciones. Eduardo renunció al descanso durante los primeros diez días para desatascar tarea pendiente. Cuando por fin paró, acabó de quebrarse. Le diagnosticaron un trastorno del sistema inmunitario que le obligó a permanecer hospitalizado durante dos semanas. «Dejar la profesión no fue una decisión, estaba tan mal que no podía seguir», confiesa.

Mientras busca la fórmula para reinventarse y reincorporarse al mercado laboral, reflexiona sobre su trayectoria vital y profesional. «Me quedé con la sensación de soledad absoluta, de tener que sacrificar diez años de formación y décadas de trabajo. Caes en la desesperanza cuando te das cuenta de que has dedicado media vida a algo que te ha provocado insatisfacción». La sobrecarga laboral mantenida durante años, unida a su alto grado de exigencia y a otros factores vinculados con la organización del trabajo, acabaron por agotarle física y emocionalmente. Recibió el diagnóstico de trastorno ansioso-depresivo y no de un cuadro vinculado al desgaste laboral, lo cual generaba en Eduardo aún más culpabilidad. «El burn-out (síndrome del trabajador quemado) es una realidad muy compleja. Está oculto, mal visto. Los compañeros más cercanos me entienden, pero no ves apoyo del colectivo».

 Los resultados preliminares de una investigación del Laboratorio de Psicología del Trabajo y Estudios de la Seguridad de la Universidad Complutense de Madrid sobre el impacto emocional de la crisis de la COVID-19 en los profesionales de la salud revelan que el 40% de los sanitarios se siente emocionalmente agotado en su trabajo. La emergencia del coronavirus les ha expuesto a situaciones límite y a una fuerte presión, pero la fotografía previa no era nada favorable. Así se desprende de la encuesta sobre la situación de la profesión médica en España, realizada a finales del año pasado a cerca de 20.000 de los 250.000 facultativos colegiados del país. Un 55% confesó estar agotado mentalmente por el trabajo. Otro estudio, elaborado en 2017 por el sindicato Satse, señalaba que la mitad de las profesionales de enfermería se sentía «quemado».

Un artículo publicado en la edición de junio en la revista de bioética Eidon, con Emilio Bouza (jefe del servicio de Microbiología y Enfermedades Infecciosas del Hospital Gregorio Marañón de Madrid) y Pedro Gil-Monte (catedrático de Psicología Social de la Universidad de Valencia) como autores principales, profundiza en el síndrome del desgaste profesional en los sanitarios y precisa que los trabajadores de la salud están sometidos a un estrés laboral prolongado muy importante «por las propias exigencias emocionales, éticas y técnicas que impone la relación con sus pacientes» y que, por ello, son un colectivo en el que el «nivel de sospecha» de padecerlo «debe ser muy alto».

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha incluido el burn-out en la clasificación internacional de enfermedades profesionales. Se trata de un síndrome que puede afectar a trabajadores de todos los sectores profesionales, pero tiene una mayor incidencia en aquellas actividades vinculadas con la atención y el cuidado de seres humanos. Según explica Elena de los Ángeles, psicóloga y auditora en sistemas de gestión de Prevención de Riesgos Laborales, en este trastorno influyen factores de personalidad y organizacionales. «Me encuentro con personas con un alto grado de exigencia y una gran motivación para desempeñar su trabajo, pero la manera de organizarlo no es la idónea y empiezan a sentir una frustración que se mantiene en el tiempo», relata respecto a su experiencia concreta con sanitarios. «De forma progresiva, se sienten más fatigadas, más agotadas. Además, manifiestan irritabilidad, actitudes negativas, respuestas frías e impersonales. Se da incluso un componente llamativo, que es el cinismo. Hablamos de despersonalización. Por último, hay una falta de realización personal. Empiezan a tener respuestas negativas hacia sí mismos y hacia sus trabajos», añade la psicóloga y perito.

A ello se le pueden unir otras repercusiones físicas, como la cefalea, la hipertensión, la fatiga crónica, los dolores musculares o las úlceras; psicológicas, como la ansiedad o la depresión, y conductuales, como el incremento del absentismo, el descenso de la productividad y, en última instancia, el abandono prematuro de la profesión.

 

 

Eldiario.es

 

Oriol Yuguero, médico de urgencias en Lleida: «Estamos reviviendo lo mismo que en marzo»

En INFORMACION CORPORATIVA/OPINION

  • l Hospital Arnau de Vilanova de Lleida tiene 28 enfermos ingresados en planta y 6 en la UCI y atiende a una media de 40 pacientes al día con coronavirus

  • El doctor del servicio de Urgencias afirma que el nuevo brote «nos coge a todos cansados»

El brote de coronavirus en Lleida ha obligado a decretar el primer confinamiento territorial tras el estado de alarma. La pandemia se ha adelantado a las perspectivas más optimistas, ya que los médicos lo esperaban para octubre. A diferencia de hace tres meses, la mayoría de personas atendidas en el Hospital Arnau de Vilanova de Lleida tienen menos de 70 años. El doctor Oriol Yuguero, médico del servicio de Urgencias del centro, explica a NIUS cómo están viviendo el nuevo brote.

Pregunta: ¿Cuál es el estado del hospital Arnau de Vilanova?

Respuesta: En este momento tenemos 28 enfermos ingresados en planta y 6 en la UCI.

P. ¿Tienen pensado abrir una nueva planta para pacientes de COVID?

R. Lo haremos en función de los pacientes que lleguen. El hospital sigue trabajando a pleno rendimiento con el resto de patologías no COVID. En marzo era más fácil disponer de plantas porque no había nada más, ahora tenemos enfermos de cirugías y otras patologías y los desplazamos en función de las necesidades. La mayoría de pacientes son leves y no necesitan ingreso. Cada mañana mantenemos una reunión donde actualizamos el volumen de pacientes que tenemos y su gravedad. Estamos reduciendo las cirugías no fundamentales para tener sitio.

P. ¿Cuál es la situación de la carpa?

R. De momento no afecta al hospital. Tenemos bastante volumen de enfermos no COVID, unos 30 – 40 casos de COVID al día. Tenemos que garantizar que haya separación. Al principio lo hacíamos con espacios reaprovechados pero la situación no se podía sostener si duraba mucho, así que el SEM abrió esta zona para preservar circuitos limpios. Todos los enfermos pasan a urgencias para ser valorados, si enfermería identifica síntomas COVID, les aparta del circuito común. Tardamos de 3 a 4 horas entre que sale la radiografía y la analítica. Si la persona está bien y vive en Lleida pueden volver a casa y hacer el confinamiento.

P. ¿Cuál es el perfil de los enfermos?

R. El perfil es gente muy joven tanto autóctona como no, y dentro de ellos están los temporeros. Muchas veces su percepción sobre salud es diferente a la nuestra. Si tienen fiebre y dolor de cabeza se toman un paracetamol y siguen trabajando porque es su prioridad. No entienden que tengan que dejar de trabajar hasta que alguien les alerta de que puede ser COVID o que podría tener consecuencias.

Tenemos muchos trabajadores del campo, la mayoría jóvenes y sanos, que pueden volver a casa porque no requieren ingresos. Hay algún ingresado porque hay personas que trabajan hasta los 65 años. El perfil de la UCI va cambiando pero tenemos a personas con alguna patología previa o población muy envejecida. Nosotros entendemos como gente joven hasta los 70 años.

P. ¿Qué los diferencia de los ingresos de marzo?

REn marzo había mucha gente con sintomatología que no se trataba porque no había PCR. Ante un posible caso, recomendábamos 14 días de confinamiento en el domicilio y no se le hacía la prueba. Ahora hay más pacientes graves que vienen al hospital. Antes no venían porque sabían que por mucho que vinieran no les haríamos nada.

La mayoría de casos son jóvenes pero sanos y son casos leves. Es importante tranquilizar a la población: hay transmisión de la enfermedad pero lo normal es que la gente joven y sana pase la enfermedad como una gripe: con paracetamol, reposo y quedándose en casa. Lo bueno es que en esta segunda oleada la gente mayor tiene más precaución, sabe que es población de riesgo y esta más conciencia, eso hace que se infecten menos.

P. ¿Esperaban este brote?

R. El escenario que contemplábamos era que el próximo rebrote llegaría en octubre y era un escenario optimista. Yo pensaba que progresivamente nos contagiaríamos las personas hasta 60 años, sin gravedad, y esto nos ayudaría a tener inmunidad de grupo de cara a octubre. Pero este boom no lo esperábamos, ha sido muy rápido porque ha sucedido en una semana.

Yo en twitter puse que pasar de fase 2 a permitir verbenas masivas podría tener consecuencias y entiendo a la gente lleva meses encerrada en casa porque somos una cultura social. Asumir un riesgo y permitir que la gente salga podía tener consecuencias y es lo que ha sucedido. No soy partidario de buscar culpables. Son enfermedades que aún no sabemos qué inmunidad generan y tenemos que ver la evolución de estos meses.

P. ¿Cómo se ha avanzado tres meses?

R. Este rebrote nos coge a todos cansados. Hemos comenzado a hacer vacaciones para que en octubre estuviésemos descansados pero llevo desde marzo sin parar. Estamos reviviendo lo mismo que en marzo. Estamos intentando mantener las vacaciones de los compañeros porque necesitamos descansar. Tenemos el apoyo para seguir tirando, se buscan refuerzos y nadie ha caído enfermo, de momento. Sí que es verdad que siempre tenemos la perspectiva del «y si pasa…» y no hemos bajado efectivos como otros veranos. Somos los mismos que en marzo a costa de reducir parte de las vacaciones, aunque si podemos las haremos para oxigenarnos en estos momentos.

P. ¿Aguantarán?

R. Esperemos que sí, no queda otra. Ya no hace falta decir que si se tiene síntomas, no vaya a comidas familiares porque ya se ha visto lo que ha supuesto para todos. El problema no es que afecte a gente joven, sino que estos se queden en casa y no pongan en riesgo a colectivos de riesgo.

P. ¿Es fácil trabajar en un hospital golpeado por la COVID?

R. No, pero tenemos la suerte de que el equipo de nuestro hospital de urgencias es una parte fundamental del hospital. Teníamos dificultades para acoger a los enfermos y nos han construido carpas. Cuando tenemos un problema y hacemos una demanda nos la satisfacen. Esta enfermedad genera mucho estrés porque todos tenemos hijos y padres. Cuando llegamos a casa tenemos miedo de contagiar la enfermedad. Si tenemos circuitos diferenciados, ayuda mucho.

P. ¿Están más tranquilos que en marzo y abril?

R. Entonces no sabíamos adónde íbamos. Íbamos viendo qué tratamientos funcionaban y cuáles no, y veíamos que la gente se ponía enferma muy rápido. El problema del pico es que veíamos gente joven que se encontraba perfectamente y a las 24 horas estaban en la UCI. Esta evolución tan rápida y la incertidumbre sobre la evolución de la enfermedad es lo que nos hizo vivir lo peor.

P. ¿Qué fue lo más duro?

R. Lo peor era la comunicación con enfermos, con gente que no sabia si vería a su familia. Cuando empezó la pandemia eramos muy restrictivos, no dejábamos entrar a nadie por miedo a que se propagara. Había gente que estaba bien y se despedía por teléfono, y decía «no se si mañana estaré bien”»y nosotros lo veíamos. Gente que había venido de vacaciones de Benidorm y en 48 horas estaban muertos. Esto nos afectó mucho y buscamos fórmulas para que la comunicación con familiares fuera constante, aunque fuera por teléfono. Ahora estamos preparados con equipos de protección para que los familiares puedan estar con los pacientes si así lo quieren, hemos mejorado el acompañamiento porque yo creo que es algo fundamental.

P. ¿Qué tratamiento usan?

R. No tenemos, sólo un fármaco en pacientes graves. No hay medicamentos que reviertan la evolución o que retrasen la enfermedad. Al principio se hablaba de la hixocloroquina y vimos que objetivamente no ayudaba en nada. Lo único que podemos hacer es esperar a pacientes con enfermedades previas y ver cómo responderán. Somos más cautos y esperamos a ver su evolución. Hemos visto radiografías que estaban muy mal pero ellos se encontraban bien y no nos cuadraba. Entonces pensábamos que podía fallar la placa, ahora no, si la placa es muy fea, por mucho que el paciente esté bien se le ingresa 48 horas, no los enviamos a casa.

P. ¿Cómo lo lleva la familia?

R. Bien. Mi mujer es pediatra y tiene que hacer sus turnos. No pudimos dejar a los niños con los abuelos porque son de riesgo y fue complicado con la escuela a distancia. Vivir una pandemia es una experiencia dura pero estoy seguro de que nos enriquecerá y la recordaremos como una época de crecimiento profesional.

P. ¿Qué opina de la compensación de la Generalitat a sanitarios?

R. No puedo decir que está mal pero la distribución podría haber sido mejor. En lugar de un plus por categorías profesionales lo habría hecho por exposición a la enfermedad. Tengo compañeros que no han visto a ningún enfermo y reciben el plus y hay auxiliares y celadores que trabajan codo con codo con nosotros y se merecen este dinero como el que más.

Blindar la salud: derecho o negocio

En OPINION

 

Blindar la salud: derecho o negocio

Si algo ha mostrado esta pandemia es que el modelo de sanidad pública, a pesar de los constantes recortes y precariedad a la que ha sido sometido durante años, es el mejor preparado para dar una respuesta sanitaria adecuada, especialmente ante una situación de emergencia. No en vano, uno de los elementos decisivos en Madrid y Cataluña en relación al mayor impacto que estas comunidades han sufrido, es que son las que tienen mayores niveles de privatización en sus modelos sanitarios de todo el país.

El pasado 1 de abril de 2018 la Comunidad Valenciana marcó un hito en un giro contrario a estas políticas recuperando el hospital que dio nombre a un modelo: el hospital de Alzira en la comarca de La Ribera. La UTE «Ribera Salud», hoy controlada por la multinacional norteamericana Centene, se creó ex profeso para liderar este proyecto, aunando constructoras, aseguradoras privadas y cajas públicas, un cóctel habitual en nuestra comunidad, trasladado al mercadeo con la salud.

Entre sus ideólogos se encontraba Antonio Burgueño, recuperado ahora por el gobierno de Madrid como asesor estrella y cuya hija ha sido responsable de la vergonzosa «Operación Bicho» quedando al cuidado de la vida de 50.000 ancianos sin ninguna experiencia en el sector.

Este modelo fue todo un símbolo de la Era Zaplana, todo un símbolo de capitalismo de amiguetes (con clientes fijos y dinero público) y todo un símbolo del gobierno del PP valenciano. No extraña, por tanto, que aún hoy, a pesar de las numerosas irregularidades, defectos y sobrecostes mostrados, insistan de una manera ferviente en su defensa, ya que al hacerlo se están defendiendo a sí mismos.

Son cuatro los hospitales restantes que siguen dentro de este modelo, situados en Torrevieja, Elche, Dènia y Manises. El contrato de la concesión del hospital de Torrevieja acaba el próximo octubre de 2021 y el compromiso y acuerdo del Consell en su pacto de gobierno, siguiendo la línea de desmercantilización de la salud es, como no podía ser de otra forma, no prorrogarlo.

No obstante, ante la cercanía de la fecha, Ribera Salud empezó a mover sus cartas para asegurarse la renovación, prometiendo la construcción de infraestructuras necesarias (que no ha construido en sus años de concesión) o con la creación de una asociación de apoyo formada por miembros de su propio departamento, amén de la puesta en marcha de numerosas campañas publicitarias. Una de las grandes paradojas de este modelo es que las empresas concesionarias deben atender –en principio- con la misma inversión pública, no sólo los derechos de los ciudadanos y ciudadanas, sino a sus beneficios empresariales y gastos asociados, gabinetes de marketing incluidos. El coste pueden imaginar de qué servicios y derechos sale.

La última campaña publicitaria ha ocurrido en plena desescalada cuando «voluntariamente» se llevaron a personal sanitario pagado con dinero de todas y todos de los hospitales de Elche y Torrevieja al Ayuntamiento madrileño de Torrejón de Ardoz, donde gestionan otro hospital. Hecho que les valió una amonestación y que muestra a las claras las prioridades de este modelo.

La confirmación de hace unos días de la consellera de Sanidad en sede parlamentaria de que se acometerá la reversión, tras la muestra de algunas dudas por parte de Ximo Puig, que siempre ha sido más susceptible a las presiones de esta multinacional, no es sino una muestra de coherencia con un compromiso de gobierno asumido y un aprendizaje que muchos profesionales sanitarios, sindicatos y vecinos y vecinas venían defendiendo: que la salud no es un negocio y no puede ser pensada como tal, puesto que su objetivo es atender las necesidades de la población y las necesidades de los pacientes, no la rentabilidad económica de la concesionaria de turno.

Es esta una gran noticia para el derecho a la salud de la Vega Baja, que aún tiene mucho por avanzar, ya que, otro efecto pernicioso del modelo Alzira es la parasitación de los hospitales públicos de su entorno, asfixiándoles presupuestariamente y entrando en una competición impropia al derivarles las enfermedades «no rentables», como las crónicas.

Y es fundamental para apoyar a los sanitarios y sanitarias que se han dejado la piel en esta crisis, la defensa de sus derechos laborales y la posibilidad de realizar su trabajo de la manera menos precaria y más digna posible. Para eso necesitamos más inversión, más personal sanitario y, sobre todo, la gestión de la salud desde la perspectiva del derecho, no de la del negocio.

Infecciosas y Urgencias serán especialidades médicas

En ESPECIALIDAD URGENCIAS/INFORMACION CORPORATIVA/OPINION/PORTADA

Illa anuncia un real decreto que reconocerá una formación concreta a estos médicos

 

Vista de la sede del Servicio de Urgencia Médica de la Comunidad de Madrid (Summa 112), situado en el distrito de Arganzuela de Madrid.FERNANDO VILLAR / EFE

 

Todo el que haya ido a un hospital español habrá visto que hay un departamento de enfermedades infecciosas y un servicio de urgencias. Lo que probablemente no sepa es que los médicos que le atienden en ellos no han recibido una formación específica como si han hecho los de cardiología, anestesología o neurocirugía. Tampoco un recién egresado de la universidad puede escoger formarse específicamente en esos temas. La situación lleva más de una década anquilosada, con promesas que no se concretaban. El miércoles el ministro de Sanidad, Salvador Illa, confirmó que ya tiene listo el decreto para reconocer esas especialidades.

“Estoy doblemente feliz”, dice José Miguel Cisneros, secretario de la Sociedad española de Enfermedades Infecciosas y Microbiologia Clínica. “Primero porque hoy en mi hospital, el Virgen del Rocío de Sevilla, hemos dado el alta al último ingresado por la covid-19; y, segundo por esto”. Y resume así las razones por las que debe existir su especialidad: “Primero, porque está demostrado que los pacientes con infecciones graves y complejas mejoran si son atendidos por especialistas en infecciones, como el que tiene una dolencia cardiaca grave y compleja mejora si le trata un cardiólogo”. La segunda razón es porque podrá atenderse la demanda de formación de médicos jóvenes en el MIR. La tercera, por justicia con los profesionales actuales, que han tenido que formarse por su cuenta, muchos en el extranjero. “Faltaba una formación reglada”. Y también “es bueno para nuestro país”, dice, que “también en esto converge con Europa, donde prácticamente en todos los países está reconocida la especialidad”.

Infecciosas y Urgencias han sido dos de los servicios que han estado en primera fila contra la covid. “No hay datos del impacto que ha tenido en otros países que existiera la especialidad”, admite Cisneros, “pero estoy seguro de que los especialistas se habrían integrado en los equipos multidisciplinares y habrían contribuido de manera sobresaliente”.

Juan Juan González Armengol, presidente de SEMES (Sociedad española de Medicina de Urgencias y Emergencias), coincide con su colega en su alegría. “Creemos que esta vez va en serio”, dice en referencia a que otras veces los distintos ministros de Sanidad —la última vez, Leire Pajín, del PSOE— les han prometido la regulación pero luego no lo han llevado a cabo. “El contexto técnico, social, administrativo, jurídico, político, sindical, profesional, internacional (Europa, la OMS, resto del mundo) avala esta decisión”. Hay que tener en cuenta que “en el 70% de los hospitales de la geografía española, que es muy dispersa, los únicos médicos que hay sí o sí durante tres cuartas partes del tiempo son los de Urgencias. Deben tener una formación integral”, añade González Armengol.

“No es de recibo que se espere que tengamos preparación porque nos la hemos buscado por nuestra cuenta, como así ha sido, y la hemos aplicado. En el mundo normal esto no es así. No se improvisa, y no se deja a la providencia estar preparado”, dice el urgenciólogo, quien admite que la crisis de la covid-19 ha demostrado su valía. Pero “en esta tragedia hay compañeros nuestros que han fallecido o tienen graves convalecencias. No necesitábamos que algo así ocurriera para ser reconocidos”. Y resume: “Urgencias deberá formar parte de la prevención futura de brotes y de la prevención futura de otras emergencias. Ya llevamos varias”.

Pero no todo han sido parabienes al anuncio. Las sociedades de medicina interna (Semi) y tres de médicos de familia (Semfyc, Semergen y SEMG) han acordado un comunicado en el que creen que estas nuevas especialidades “supondrá más fragmentación del sistema sanitario y una mayor rigidez en su estructura organizativa y funcional que dificultarán la respuesta de nuestro sistema a las futuras crisis sanitarias” y proponen que la formación correspondiente se ofrezca mediante un área de capacitación específica, una formación que se obtiene después de la especialización (es decir, el médico debería ser primero internista, por ejemplo, y luego cursar esta especie de subespecialidad).

“Consideramos que no existe un criterio científico que sustente la necesidad de la creación de estas nuevas especialidades y no existe, en absoluto, un consenso en la comunidad médica y científica sobre este respecto. Por tanto, entendemos que existe una falta de justificación científica que motive la decisión de crear estas especialidades”, concluye el comunicado.

El Pais

Catástrofes nada naturales

En CATASTROFES Y URGENCIAS HUMANITARIAS/OPINION

Brasil.- En esta etapa del capitalismo globalizado en la que las ambiciones económicas desenfrenadas colisionan con la viabilidad del planeta, un hecho aparentemente aislado en una localidad del interior de Brasil captura en sí mismo todos los ingredientes para entender la época en la que vivimos. Nos toca presenciar nuevamente, tras tres años, un hecho de fatal negligencia empresarial como lo es el aluvión de lodo y minerales tóxicos, responsabilidad de la gigante multinacional Vale do Rio Doce.

Con una interminable lista de daños y afectados que esperan justicia y reparación, un aparato del Estado incapaz de regular y supervisar la situación, somos testigos de un desastre ecológico irreparable por décadas.Como si fuera poco, existen 422 instalaciones similares solo en el estado de Minas Gerais e incontables a nivel mundial que son como bombas de tiempo sobre los trabajadores y las comunidades aledañas a las explotaciones.

El 5 de noviembre de 2015 una compañía minera adquirió súbita visibilidad mediática por el deslave producido en una represa minera en Mariana (Minas Gerais – Brasil), un estado vinculado históricamente a las extracciones metalíferas. Se trataba de la compañía local Samarco, propiedad de la empresa Vale do Rio Doce -más conocida como “a Vale”- en copropiedad con la compañía internacional BHP Billiton.

El hecho ocurrió al desmoronarse las represas Fundão y Santarém en la localidad de Bento Rodriguez a 35 km de Mariana y demostró la capacidad destructiva de un aluvión de barro al sorprender comunidades rurales matando a diecinueve personas, arrasando con cultivos, granjas y animales domésticos a su paso. Los damnificados ambientales directos ascendieron a 300 familias que quedaron sin hogar, que fueron evacuadas a la ciudad de Mariana y que según los informes dos años después, luego de las primeras ayudas y solidaridades iniciales, fueron discriminadas, viven como parias sin resolver su situación, sufren daños psicológicos, sociales y laborales, y no obtuvieron ningún tipo de reparación o compensación por parte de la justicia.

Los perjuicios económicos sufridos por el cierre de la producción minera se extendieron a la economía, al comercio y hasta a la propia administración pública de la región de Mariana; irónicamente, la hostilidad de los vecinos se volcó no tanto contra la empresa sino contra los refugiados, repercutiendo en situaciones de bullying escolar sobre sus niños y niñas. Este hecho representa una pequeña muestra de un fenómeno mundial que llamó la atención de las Naciones Unidas y que denomina los “refugiados ambientales”.

La investigación indicó que no sonaron las alarmas, pero la influencia de la empresa logró dilatar las sentencias de fondo y absorbió en parte dictámenes blandos sobre compensaciones a los damnificados, sanciones que sin lugar a dudas no alcanzaron para que extremaran las medidas precautorias en sus otros emprendimientos mineros, ni siquiera en el mismo estado de Minas Gerais.

El tiempo fue demostrando que el impacto inmediato era solo el principio de la destrucción. La gigantesca masa aluvional, estimada en 44 millones de metros cúbicos (equivalente a 16.700 piletas olímpicas), supuestamente de agua, arena y barros -según la declaración oficial de la empresa- aunque también se comprobó era rica en residuos minerales altamente tóxicos, resultó mortífera. Posteriormente las noticias empezaron a dar cuenta de que la masa de barro se desplazaba hacia el curso del Rio Doce -la quinta cuenca fluvial en orden de importancia de Brasil- que atraviesa el estado de Minas Gerais primero y el de Espirito Santo después hasta desembarcar en el mar.

La mancha tóxica fue matando toda forma de vida en un recorrido de 655 km, perjudicando a 230 municipios que dependen de la calidad del agua de esa cuenca y a todos quienes directa o indirectamente viven o vivían del río: pescadores, agricultores, turismo, etc. Los peces, los pájaros, toda la flora y fauna fueron arrasados y la cuenca quedó “semiesterilizada” (se estima un biocidio cercano al 80%) aunque la magnitud no se logró dimensionar hasta que alcanzó el mar. Solo allí pudo verse una mancha de más de 20 km de ancho desde la costa que se extendía por casi 120 km de sur a norte, y que afectaba la fauna marina en territorios en donde, entre otras medidas, se invierten fortunas para garantizar la supervivencia de especies como las tortugas marinas amenazadas de extinción.

Teniendo en cuenta que la capacidad de autodepuración del río es muy lenta porque tres años después las aguas continúan siendo marrones sin recuperar su color original, se estima que el mar tardará 100 años en depurar los minerales tóxicos que recibió en ese entonces.

Cuando los reflectores de algunos medios brasileños se apagaron, la empresa recibió sanciones simbólicas y aprovechó la poca difusión en medios internacionales para extender sus inversiones en otros países, entre ellos Argentina. Precisamente en 2016 la empresa publicó una solicitada anunciando que retomaría una explotación de potasio en la provincia de Mendoza, lo que fue divulgado por la nación y la provincia como un ejemplo de llegada de la “lluvia de inversiones”, aunque podría decirse afortunadamente que quedó, por el momento, solo en aprontes.

Un año después, en noviembre de 2016, una noticia inquietante comenzó a surgir en los medios brasileños y era la existencia de la fiebre amarilla selvática, una enfermedad que ofrece pequeños brotes ya que circula básicamente entre primates no humanos en regiones selváticas y se transmite por un vector (Haemagogus) diferente del tan conocido Aedes aegipty, básicamente un vector urbano.

Sin embargo, en esta oportunidad no se trató de un foco ocasional; la epizootia estalló al mismo tiempo en diferentes puntos y comenzó a extenderse, aunque llamó la atención que la distribución de casos de las primeras ondas coincidiera fuertemente con el desastre previo de la Vale. Es decir, por todo el ecosistema unido por el Rio Doce.

Parecía una mera casualidad, sin embargo algunos científicos -más específicamente la bióloga  Marcia Chame, coordinadora de la plataforma de biodiversidad y salud silvestre de la Fundación Oswaldo Cruz, la más importante institución de investigación del hemisferio sur- comenzaron a estudiarlo.

En este caso, se utilizaron estudios de otros fenómenos naturales, por ejemplo, erupciones volcánicas, para entender cómo se re-biologiza una región que ha sido esterilizada. Allí se vió que los insectos podían crecer sin límite ya que se           encontraban en una región sin depredadores. Los peces, aves y anfibios que se alimentan especialmente de las larvas de los mosquitos, en ausencia de ellos, podían multiplicarse sin límites aumentando así la posibilidad de transmitir enfermedades como la fiebre amarilla a los monos o a los campesinos, cazadores, pescadores o turistas que se internaran en las zonas selváticas.

En Brasil, desde el inicio del brote en diciembre de 2016 y hasta el 31 de mayo de 2017 se notificaron 792 casos confirmados de fiebre amarilla con 274 defunciones. Con relación a las  defunciones confirmadas, según sitio probable de infección, 165 correspondieron a Minas Gerais y 85, a Espírito Santo, reuniendo para el período el 90% de los casos.

¿Se aprendió la lección? Definitivamente no. El 25 de enero de 2019, tres años y dos meses después, otro deslave en la localidad de Brumadinho volvió a conmover la opinión pública, esta vez con un saldo de 99 muertos y 259 desaparecidos que probablemente quedaron atrapados por el alud.

La represa Córrego do Feijão -nuevamente propiedad de la Vale do Rio Doce- colapsó súbitamente afectando en primera instancia al comedor de la empresa en donde estaban almorzando 100 trabajadores, pero luego se extendió como un alud por un valle densamente poblado por trabajadores y fundos rurales. La represa estaba inactiva -es decir sin recibir nuevos desechos- por casi tres años, tenía certificados de seguridad recientes y en su desmoronamiento pudo haber afectado a dos represas más de la región. A la fecha, 50 personas, número que ya parece imposible que crezca, fueron rescatadas del fango.

Si se comparan los dos eventos, el deslave de Brumadinho resultó más letal -probablemente por la hora, la presencia de trabajadores activos, la densidad de población rural y los desniveles del valle de evacuación, con un volumen derramado total de 34 millones de m3, apenas un 22% menor a la de Bento Rodriguez, produciendo un torrente tóxico que ya se desplazó 55 km por el río Gualaxo del Norte y que afectará a una represa en Mariana antes de llegar al castigado Rio Doce.

Por el momento se sabe que se apresaron a los cinco ingenieros que firmaron el último certificado de seguridad de la represa. Sin embargo, el peligro continúa ya que el estado de Minas Gerais, uno de los más grande de Brasil, cuenta con 422 diques de material semilíquido de desechos mineros, 22 de los cuales no están certificados. Estas “barragens” están conectadas con cuencas hidrográficas que son múltiples, factor que hace conocido a Minas Gerais como una “caja de aguas”, estas son vitales para los ecosistemas porque son utilizadas por sistemas de agua potable de municipios y ciudades de diverso porte, por usinas hidroeléctricas, represas, canales de irrigación, pesca, turismo, navegación, etc.

La empresa Vale do Rio Doce que conecta las dos catástrofes fue fundada en 1942 como una empresa estatal. En 1997 fue privatizada por el gobierno neoliberal de Fernando Henrique Cardozo -bajo el argumento de que el sector privado sería más eficiente en su gestión que el Estado- y capitalizada en una alianza con capitales canadienses y japoneses en 2006. Hoy es un holding propietario de empresas en cinco continentes y lidera la producción de hierro y níquel a nivel mundial.

A excepción de las indemnizaciones a las víctimas, la justicia brasileña -tan ágil para otros temas- aún no ha establecido sentencia firme por la responsabilidad de los hechos de Mariana, pero si bloqueó 1.600 millones de dólares de sus cuentas, mientras las acciones de la empresa bajaban 8% en Wall Street.

El impacto psicológico de las familias de las víctimas, las consecuencias socioeconómicas y ambientales y los múltiples efectos sobre la salud de la población, directa e indirectamente afectada, pueden desprenderse del “modelo de Mariana”, con sus escasos aciertos y sus numerosos errores. Pero ¿cómo se paga la responsabilidad cuando la negligencia deviene en un crimen colectivo que afectará generaciones enteras? Si está claramente pautado el castigo por el homicidio culposo de una persona, ¿cuál es la pena por la muerte de centenas de ellas?

Cuando las alarmas no funcionan

Una última coincidencia: cumpliendo reglamentaciones y sanciones impuestas, la empresa fue obligada a dictar cursos de contingencia a trabajadores y vecinos por la eventualidad de un colapso. Sin embargo, nuevamente en este caso como en Mariana, el sistema de alarmas no funcionó, haciendo inútil cualquier preparación para una evacuación ordenada.

La empresa también aprendió a comunicar luego de los desastres que genera, comprando medios de comunicación. La estrategia parece ser la de hacer foco en los rescatistas que pasan a ser héroes, tal como fue reflejado en la tapa del periódico Estado de Minas del 29 de enero.

Sin embargo, sus asesores de imagen pueden fallar. En el último mensaje público de la empresa a través de Twitter del 25 de enero afirmaron: “Nuestra mayor prioridad es preservar y proteger la vida de la comunidad”. Pareciera que cuando lo anuncios no son sinceros es mejor evitarlos.

El caso de Brumadinho revela las múltiples colisiones entre los gigantes del capitalismo globalizado y las consecuencias locales de sus acciones depredadoras y desaprensivas. La salud de la población en sus dimensiones catastróficas, el impacto sobre la salud mental, sobre el ambiente, la vivienda y los riesgos epidemiológicos están siendo gravemente afectados, mientras la justicia tradicional y las transitorias pérdidas económicas en los mercados que puedan sufrir los responsables no alcanzan “para que el gobierno de los ratones le ponga el cascabel al gato especialmente si este es el que financia al gobierno de los ratones”.

(*) Mario Rovere  es Médico sanitarista, referente de la Medicina Social Latinoamericana, Asesor Académico de Fundación Soberanía Sanitaria.

Ocho cosas que necesitamos hacer para afrontar las crisis humanitarias en 2019

En NOTICIAS. CONFLICTOS/OPINION

Ocho cosas que necesitamos hacer para afrontar las crisis humanitarias en 2019

Hoy en día, nada menos que 120 millones de personas en todo el mundo necesitan ayuda para sobrevivir, como consecuencia de conflictos armados y de otras situaciones de violencia. Yemen, Siria y Sudán del Sur son sinónimos de sufrimiento. En el Sahel, surge una nueva realidad: el cambio climático agrava las consecuencias, de por sí devastadoras, de los conflictos, la pobreza y el subdesarrollo. En esta región de escasos recursos, los habitantes tratan de hacer equilibrio sobre una …

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La medida de la saturación de los servicios de urgencias hospitalarias (por @zafortezaconcha)

En OPINION

Tras aquel mítico post sobre los servicios de urgencias hospitalarios, llega la segunda parte de la mano (de nuevo) de Concha Zaforteza (@zafortezaconcha). Muchas gracias por todo.La medida de la saturación de los servicios de urgencias hospitalariasConcha ZafortezaDoctora en enfermería.La masificación (crowding) o saturación (1) de los SUH se produce cuando la demanda de atención de salud urgente supera la capacidad de los SUH de darle respuesta (Hwang et al 2011). Una mirada atenta a esta definición ya nos pone sobre aviso: es lo suficientemente clara como para que sepamos de qué estamos hablando, es lo suficientemente amplia como para que vayamos cayendo en la cuenta de que será complicado establecer un sistema de medida.

En este escrito no voy a entrar en las causas ni en las posibles soluciones de la masificación de los SUH; eso ya lo hice en un post anterior que el dueño de este espacio tuvo a bien publicar. Hoy me voy a centrar en por qué es necesario y cómo medir la saturación de los SUH. De nuevo, le doy las gracias al querido @manyez por acogerme en su casa. ¿Por qué es necesario medir la saturación de los SUH? de entrada, porque no se puede gestionar lo que no se puede medir (Hoot et al 2007). Además, si algo no se puede medir, es difícil establecer si las acciones de mejora tienen efecto o no (Boyle et al 2015). Les aseguro que gestionar el flujo de pacientes para que no se produzcan masificación de los SUH ni sus derivadas (incremento de la estancia media del paciente en el SUH, incremento del tiempo de “boarding” o necesidad de derivar ambulancias, entre otros) es de una importancia capital, ya que ninguna de ellas es neutra para el paciente. Está establecido que existe impacto tanto en el paciente como en el sistema de salud. Si hablamos del impacto sobre el paciente, se incrementan el riesgo de mortalidad y el de sufrir eventos adversos (Guttmann et al 2011, Bond et al 2007, Schnitker et al 2011, Samaras et al 2010); puede haber retrasos en el inicio de tratamientos tiempo-dependientes (Pines et al 2007); el paciente puede verse enfrentado a soportar dolor y ansiedad por más tiempo (Moskop et al 2009); existe una disminución de la privacidad y de la satisfacción (Moskop et al 2009). Si hablamos del impacto en el sistema de salud, se puede incrementar la estancia media de los pacientes en el hospital, relacionada con el retraso en la realización de pruebas diagnósticas y tratamientos. Por tanto, se produce un incremento en el coste de la hospitalización, así como una dificultad en la accesibilidad de la población al SUH (Moskop et al 2009).Por tanto, y me gustaría que leyeran con mucha atención este párrafo: la saturación de los SUH no es un problema “de los de urgencias”, es un problema de todos los profesionales que tienen responsabilidad en facilitar que los flujos de pacientes en urgencias sean lo más fluidos posible.

El motivo es que mantener a un paciente en urgencias más tiempo del estrictamente necesario afecta a la seguridad y a la accesibilidad de los ciudadanos a los servicios de salud.Dicho esto, ¿para qué queremos medir la saturación de los SUH? Para tomar decisiones operativas de forma prospectiva en el corto plazo, es decir, para adelantarse al problema (Bernstein et al 2003, Epstein y Tian 2006). Para tomar decisiones organizativas en el largo plazo, sobre la base del análisis retrospectivo del comportamiento de la masificación y sus factores asociados. Esta reflexión nos lleva a las preguntas qué medir y cómo hacerlo. Ninguna de ellas es sencilla de responder, de hecho, a día de hoy, se reconoce que hay muy poco consenso acerca de cómo medir (Boyle et al 2012). Ante esta falta de consenso, me permito establecer algunos criterios generales sobre los que valorar las diferentes alternativas. Insisto en que son criterios de cosecha propia, por tanto, abiertos a discusión:

1) Factibilidad: debe ser sencillo automatizar la medida elegida en los diferentes sistemas de información de los hospitales. Por tanto, deben ser medidas no persona-dependiente y con posibilidad de ser introducidas en los diferentes hospitales de, al menos, un mismo servicio de salud

.2) Monitorización continua: debe permitir la medición en una escala de tiempo pequeña para captar las oscilaciones a lo largo del día que sirvan de alerta temprana. El objetivo es gestionar los recursos, bien para prevenir la masificación, bien para paliarla.

3) Almacenamiento: debe ser posible almacenar los datos en el data warehouse de los hospitales para explotarlos de manera retrospectiva.Vamos a por ello. Hay muchísimos indicadores de medida: para conocerlos, les recomiendo la revisión sistemática de Hwang y colaboradores (2011). A continuación, repaso algunas opciones y qué capacidades tiene cada una.

Derivación de ambulancias: es decir, medición del número de ambulancias que es necesario derivar a otros centros hospitalarios (Boyle et al 2015). Presenta dificultades, ya que no es posible automatizar esta medida y se ve afectada por factores ajenos a la masificación del SUH.

Pacientes que se van sin ser atendidos: es decir, número de pacientes que no esperan a que les atienda el médico, una vez valorados por la enfermera de triage. De nuevo, no es posible automatizar su cómputo y no parece que mida la masificación de forma adecuada (Pines 2006).

Índice de ocupación del SUH: o lo que es lo mismo, el porcentaje de camas/camillas/butacas ocupadas por pacientes respecto al número total de camas/camillas/butacas del servicio. Esta es una medida sencilla de incorporar a casi cualquier sistema de información hospitalario, permita la monitorización continua y permite almacenarse en el data warehouse. Además, Hook y colaboradores (2007), comparan la ocupación con otras escalas de medición multidimensionales (NEDOCS, EDWIN, READI y Work Score) para establecer cuál de ellas es más útil para monitorizar y predecir la masificación del SUH. Concluyen que ninguna de ellas tiene una capacidad superior a las otras y ninguna de ellas es más capaz que el índice de ocupación del SUH.

Escalas multidimensionales: son instrumentos de medida que incluyen diferentes variables y diferentes tipos de fórmulas para calcular la masificación. Voy a diferenciar 4 medidas desarrolladas antes de 2010 y otra medida en estado actual de desarrollo. Las 4 medidas previas a 2010 son el NEDOCS, EDWIN, READI y Work Score. Para conocer detalles sobre cada una de ellas, pueden remitirse a los trabajos de Hwang et al (2011) y Hoot et al (2007). Desde mi punto de vista, son escalas complejas, difíciles de automatizar en los diferentes sistemas de información. Suelen haber sido diseñadas en un único contexto y, por tanto, suelen funcionar bien en el servicio donde fueron desarrolladas. Sine embargo: no está claro que sean transferibles a otros contextos diferentes al que las desarrolló, no está claro, que funcionen bien como monitorización continua y no muestran una capacidad discriminatoria superior al índice de ocupación del SUH.

Con respecto a la escala multidimensional que se ha desarrollado recientemente, el ICMED (Boyle et al 2015, Boyle et al 2016), parece prometedora, sin embargo, sus autores reconocen que tiene dificultades para la monitorización continua de la masificación (aunque sí creen que es una buena medida a escala temporal más larga) así como dificultades para automatizarse en los sistemas de información. También apuntan a que requiere validación frente a indicadores como la mortalidad o la cancelación de pacientes programados.

Mi conclusión es que el índice de ocupación del SUH es el indicador de elección para medir la saturación del servicio. Los motivos son: 1) ninguna medida más compleja ha mostrado mayor capacidad de monitorización continua ni mayor capacidad predictiva; 2) es una medida que se puede implementar en la mayoría de los sistemas de información hospitalaria; 3) es posible almacenar los datos. Tiene la ventaja que, al ser fácil de implementar, muchos hospitales podrían incorporarlo y generar datos que les permitieran comparar entre sí. Además, un servicio de salud podría conocer en tiempo real el estado de saturación de sus SUH.Sin embargo, tiene la dificultad en que conocer el porcentaje de ocupación minuto a minuto no determina de manera objetiva en qué momento se entra en “zona de peligro” de masificación ¿Un 85% de ocupación del SUH es mucho o poco? Pues no lo sabemos.  Pero cada entorno podría “aprender” de sí mismo y evaluar cuáles son sus puntos de inflexión según el valor de ese índice, las altas previstas, o el índice de ocupación de hospital. Ahí hay una posible línea de investigación. En este sentido, también se apunta a que el uso de datos históricos y el big data pueden ayudar al diseño de modelos de predicción que permitan anticipar la saturación de los SUH con el tiempo suficiente como para poner en marcha los recursos que la eviten o la amortigüen. En definitiva, nos encontramos ante un problema complejo para el que disponemos de una medida que resuelve, de manera parcial, la necesidad de tomar decisiones de forma prospectiva y proactiva.(1) En este trabajo se usan indistintamente los términos “saturación” y “masificación”.Bibliografía- Bernstein SL, Verghese V, Leung W, et al (2003). Development and validation of a new index to measure emergency department crowding. Acad Emerg Med; 20: 938-942.- Bond K, Ospina MB, Blitz S, et al (2007). Frequency, determinants and impact of overcrowding in emergency departments in Canada: a national survey. Health Q; 10:32-40.- Boyle A, Beniuk K, Higginson I, Atkinson P (2012). Emergency department crowding: time for interventions and policy evaluations. Emerg Medicine International; ID 838610 (8 páginas).- Boyle A, Coleman J, Sultan Y,  Dhakshinamoorthy V, O’Keeffe J, Raut P, Beniuk K (2015).Initial validation of the International Crowding Measure in Emergency Departments (ICMED) to measure emergency department crowding. Emergency Medicine Journal; 32(2): 105-108- Boyle A, Abel G, Raut P, Austin R, Dhakshinamoorthy V, Ayyamuthu R, Murdoch I, Burton J (2016).Comparison of the International Crowding Measure in Emergency Departments (ICMED) and the National Emergency Department Overcrowding Score (NEDOCS) to measure emergency department crowding: pilot study. Emergency medicine Journal; 33(5): 307-312.- Epstein SK, Tian L (2006). Development of an emergency department work score to predict ambulance diversion. Acad Emerg Med; 13: 421-426.- Guttmann A, Schull MJ, Vermeulen MJ (2011). Association between waiting times and short term mortality and hospital admission after departure from emergency department: population based cohort study from Ontario, Canada. British Medical Journal; 342:d2983- Hoot NR, Zhou C, Jones I, Aronsky D (2007). Measuring and forecasting emergency department crowding in real time. Annals of Emergency Medicine; 49 (6): 747-755.- Hwang U, McCarthy ML, Aronsky D, Asplin B, Crane PW, Craven CK, Epstein SK, Fee C, Handel DA, Pines JM, Rathlev NK, Schafermeyer RW, Zwemer FL Jr, Bernstein SL (2011).Measures of crowding in the emergency department: a systematic review. Acad Emerg Med; 18(5): 527-538.- Moskop JC, Sklar DP, Geiderman JM, Schears RM, Bookman KJ (2009). Emergency department crowding, Part 1-Concept, causes and moral consequences. Annals of Emergency Medicine; 53(5): 605-611.- Pines JM (2006). The left-without-being-seen rate: an imperfect measure of emergency department crowding. Acad Emerg Med; 13:807-808.- Pines JM, Localio AR, Hollander JE, Baxt WG, Lee H, Phillips C, Metlay JP (2007). The Impact of Emergency Department Crowding Measures on Time to Antibiotics for Patients With Community-Acquired Pneumonia. Annals of Emergency Medicine; 50(5): 510-516.- Samaras N, Chevalley T, Samaras D, Gold D (2010). Older patients in emergency departments: a review. Annals of emergency medicine; 56 (3): 261-269- Schnitker L, Martin-Khan M, Beattie E, Gray L (2011). Negative health outcomes and adverse events in older people attending emergency departments: a systematic review. Australasian emergency nursing journal; 14: 141-162.

La especialidad de Urgencias y Emergencias y la Sanidad Militar OPINION

En OPINION

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La especialidad de Urgencias y Emergencias y la Sanidad Militar

The Emergency Medicine Specialty and the Military Medical Service

 

 

José Domingo García Labajo

Col. Médico. Director de la Escuela Militar de Sanidad

 

 

El reciente anuncio de la Excma. Sra. Ministra de Sanidad, acerca de la inminente modificación del mapa de especialidades médicas, con la creación entre otras de la especialidad de Medicina de Urgencias y Emergencias, constituye a mi modo de ver una gran noticia al tiempo que una excelente oportunidad para la Sanidad Militar.

La especialidad de Urgencias y Emergencias, incluida desde hace tiempo en la directiva europea y realidad en 21 países de nuestro entorno, estaba siendo demandada tanto desde los ámbitos de gestión de la asistencia como desde asociaciones profesionales, destacando la activa promoción de la Sociedad Española de Medicina de Urgencias y Emergencias (SEMES).

En el seno de esta Sociedad, que abarca los campos prehospitalario y hospitalario de las urgencias y emergencias, se ha constituido un grupo de trabajo, fruto del cual es un avanzado proyecto de programa de especialidad, que constituirá el documento inicial sobre el cual el deberá desarrollar el programa formativo la correspondiente Comisión Nacional de la Especialidad cuando esta sea creada dentro del Consejo Nacional de Especialidades.

Ya se han iniciado los contactos que propiciarán la presencia de la Sanidad Militar tanto en el grupo profesional, como en la Comisión Nacional de la Especialidad, dado el evidente interés que la especialidad tiene para la Sanidad en las Fuerzas Armadas.

Existe una contestación de algunas otras especialidades, como Medicina Familiar y Comunitaria, cuya Comisión Nacional de la Especialidad ha interrumpido todas sus actividades o Medicina Interna y Medicina Intensiva, que prefieren situar a la Urgencia en el ámbito de las Área de Capacitación Específica (ACE) previstas en la Ley de Ordenación de las Profesiones Sanitarias (LOPS).

La misma LOPS contempla una serie de modificaciones en la Formación Especializada que están contenidas en el próximo Real Decreto de Troncalidad, que incluye a su vez el desarrollo de las citadas ACE y de los procesos de Re-especialización que deben constituir el eje de la Carrera Profesional de los Oficiales Médicos del Cuerpo Militar de Sanidad.

Es absolutamente imprescindible que los profesionales de la Sanidad Militar asumamos que la única razón de ser de nuestra labor radica en el Apoyo Sanitario a la Fuerza y que es alrededor de esta misión como debe articularse nuestra formación, el ejercicio laboral y nuestra carrera profesional.

Este apoyo Sanitario a la Fuerza se plasma en labores periciales, preventivas y asistenciales. Estas últimas se ejercen a través de una cadena multiprofesional que en todos sus eslabones o escalones ha de responder a criterios de excelencia y que se inicia en la instrucción sanitaria del propio combatiente y se continúa con la asistencia táctica, evacuación, tratamiento inicial estabilizador, repatriación y tratamiento definitivo en el Hospital.

Esta cadena, que obviamente requiere diferentes competencias en cada uno de los niveles, es la que debe diseñar la carrear profesional del médico militar. El profesional del Cuerpo Militar de Sanidad debe progresar en sus cualificaciones de la misma manera que avanza la baja desde la primera asistencia hasta el tratamiento especializado.

La transcripción a la normativa nacional de la directiva europea que exige una formación clínica asistencial adicional a la licenciatura o el actual grado, exige desde 1995 la obtención de una especialidad para ejercer la medicina en todo el Sistema Nacional de Salud.

Diversas normativas han ido desde entonces desarrollando tanto este ejercicio como la formación especializada. En muchas de ellas se hace referencia a la necesidad de que la Sanidad Militar adapte estas disposiciones a sus singularidades, pero ninguna de ellas exime al médico militar de obtener esa formación especializada para ejercer.

Desde hace años se vinculó el ingreso en el Cuerpo Militar de Sanidad con la formación especializada posterior, que en el caso de Medicina Familiar y Comunitaria, se comienza inmediatamente a la finalización del periodo de enseñanza de formación recibido en la Escuela Militar de Sanidad.

Sin embargo en el caso de otras especialidades, esta formación se retrasa a un año después de la obtención del despacho de teniente. Durante ese año de destino en Unidades, nuestros flamantes oficiales están en una situación, que les limita a la asistencia en operaciones y en sus unidades de destino, considerando que la Sanidad Militar no forma parte del Sistema Nacional de Salud. Cuando por definición y compromisos, se presume que la asistencia en tales circunstancias ha de ser similar a la que se recibe en territorio nacional.

Lo mismo sucede con todos aquellos compañeros que no han tenido la oportunidad de aprovechar las múltiples opciones que por la vía transitoria se han dispuesto para convalidar la licenciatura por la especialidad de Medicina Familiar y Comunitaria o no han tenido acceso a la formación especializada complementaria que regularmente publica la DIGEREM y que lamentablemente ha dejado varias plazas desiertas en su última convocatoria.

La creación de la especialidad de Medicina de Urgencias y Emergencias será una gran oportunidad para que todos los futuros médicos militares adquieran esta inicial formación especializada que se adapta e incluso define el perfil de competencias precisas para los primeros escalones de la cadena asistencial.

Lógicamente, un periodo formativo de casi cinco años de duración ha de realizarse simultáneamente con la prestación asistencial a las necesidades de la Institución. De manera que, según lo dispuesto en la normativa al respecto, al tiempo que se van adquiriendo competencias se vayan realizando servicios acordes a las mismas a requerimiento de las distintas unidades.

La obtención de la Especialidad de Urgencias y Emergencias ha de ser la formación basal de todo médico militar, incluyendo competencias adicionales propias no solo del tronco médico, sino también del quirúrgico, que le cualifiquen para el ejercicio de las labores de primero y segundo escalón al tiempo que facilitan la re-especialización, dando paso a un segundo periodo en la carrera profesional que podría coincidir con la promoción de empleo.

La formación en esta segunda especialidad debe seguir el mismo principio de toda la formación especializada en el SNS: Aprendizaje y asistencia simultánea acorde a las competencias adquiridas, prestando servicio en las unidades y operaciones que lo precisen. Manteniendo siempre las competencias logístico-operativas precisas para las funciones de apoyo sanitario a la fuerza además de las propias de su especialidad complementaria.

Las especialidades de segundo recorrido o de trayectoria profesional han de completar la carrera profesional con nuevas competencias en gestión y dirección que permitan optar a continuar la labor asistencial con la formación precisa para ejercer la jefatura de servicios o dedicarse a funciones logístico-operativas y de planificación como culminación de la carrera militar.

Bienvenida sea esta nueva especialidad, que parece diseñada a medida de las necesidades de la Sanidad Militar al tiempo que ofrece una solida base para todo el desarrollo posterior de la carrera profesional.

Así nos ven los médicos: diez clases de pacientes

En NOTICIAS. CONFLICTOS/OPINION

pacientesPara una buena parte de los médicos la mayoría de pacientes son algo hipocondríacos, y a juzgar por muchos de los casos que se encuentran diariamente en urgencias no les falta demasiada razón. Algunos centros hospitalarios incluso han implantado los sistemas de triaje por colores para combatir este fenómeno, que consiste en clasificar a los pacientes según su gravedad, en base a la cual se les asigna un tiempo máximo de espera. Los hipocondríacos, con síntomas de nula gravedad, pueden llegar a esperar hasta cuatro horas. Lo llaman eficiencia.

La doctora Leana Wen da buena cuenta de este tipo de pacientes en En Cuando los médicos no escuchan: cómo evitar errores de diagnóstico y pruebas innecesarias, un ensayo en el que ofrece pistas a sus colegas para identificar a los pacientes que acuden ya no al médico, sino a urgencias, por cuestiones sin importancia. Sin embargo, el texto puede ser de gran utilidad para el gran público, ya que muestra en primera persona cómo nos ven los médicos. Su veredicto puede resumirse en una decena de tipos de pacientes, a los que categoriza y describe así:

1. El reincidente crónico

Son pacientes con dolores crónicos, pero que acuden a urgencias cada cierto tiempo quejándose siempre de lo mismo. Los síntomas no varían, aunque sí la cara del médico cuando, una vez más, lo ve entrar por la puerta. “Si realmente no tiene nada nuevo que contar”, Wen los invita a que “por favor, acudan a su médico de Atención Primaria”.

2. El que busca una segunda opinión

Lleva varios meses con molestias. Ni su médico de atención primaria ni los cinco especialistas a los que ha visitado le han ofrecido alguna respuesta satisfactoria. Su frustración es entendible, “pero también debe saber que Urgencias no está para pedir una segunda opinión, tenemos poco tiempo y recursos limitados”.

3. El googleador

Internet es el peor invento para los hipocondríacos. A pesar de que es una herramienta muy útil para la telemedicina, sino se utiliza de manera responsable y no se tienen suficientes conocimientos puede convertirse en una pesadilla. “Es frecuente que buscando ciertos síntomas, por ejemplo de intoxicación, coincidan con los de un tumor cerebral o que nos aparezca que estamos embarazadas cuando en realidad sólo tenemos dolor de tripa”, advierte la doctora. El uso de internet está bien para entender mejor un diagnóstico realizado por un médico o un tratamiento, pero no para diagnosticarse a sí mismo. Por eso, bromea, “si acude a urgencias diciendo que tiene un tumor porque lo ha descubierto gracias a internet, mal empezamos”.

4. El paciente al que le duele todo el cuerpo

Todas sus respuestas son “sí”. Da igual que se le pregunte si tiene dolor de cabeza o de pies, pues contestará afirmativamente a todo. Bien es cierto, matiza Wen, que algunas enfermedades afectan a todo el cuerpo, pero “este tipo de pacientes sólo pretende convencernos de que está muy mal para que lo atendamos de la mejor forma posible”. Sin embargo, lo único que conseguirá exagerando y mintiendo es que no se le crea o que se le den volantes para realizar pruebas innecesarias.

5. El que está “totalmente sano”

Con relativa frecuencia acuden a consulta personas que dicen no haber sufrido nunca una enfermedad, que están totalmente sanos y que ni siquiera se medican. Sin embargo, la experiencia de Wen la lleva a revisar sus historiales médicos y, ¿qué es con lo que se encuentra? “En muchos casos es diabético o tiene alguna alergia”.

6. El olvidadizo

Son los pacientes que dicen haberse olvidado de la causa por la que acudieron a urgencias cuando se les pregunta. “No lo sé, responden”. Wen entiende que acudir a urgencias puede ser estresante y que la gente mayor puede ponerse muy nerviosa y no reaccionar, por lo que recomienda que, al menos, este tipo de pacientes intenten ir acompañados o anoten los síntomas antes de ir a urgencias.

7. El que se ha quedado sin su medicina

Tienen dolores crónicos y se les han acabado sus medicamentos. Por alguna razón no pueden acudir a su médico de cabecera y conseguir la receta es una cuestión de vida o muerte. “Nuestro trabajo en urgencias no consiste en ser detectives, ni en alimentar la sobremedicación ni el abuso del sistema público de salud”.

8. El que sólo viene por charlar un rato

Aunque parezca imposible, los médicos de urgencias suelen encontrarse con pacientes que, en realidad, sólo buscan algo de conversación con el médico, asegura la doctora. “Suelen desviar el tema de la visita y contestan a cuestiones diferentes de las que se les preguntan. Nuestro trabajo,  lógicamente, es ayudar, pero no ejercer de psicólogos”, se queja la autora.

9. El agitador

Los recortes de personal en Sanidad han dejado imágenes recurrentes de salas de urgencias abarrotadas. Los médicos y los recursos son los que son y que estén colapsados no suele ser culpa de ellos. Sin embargo, alerta Wen, “muchos pacientes no lo entienden, la emprenden contra nosotros, gritan, agitan al resto de personas que están esperando y nos amenazan con denunciarnos, llamar a su abogado…”. Cuando esto ocurre, lo más probable es que los médicos estén trabajando más duro que nunca, por lo que protestar y llamar la atención poco le va a servir al “paciente agitador”.

10. El empático

Su forma de saludar o empezar la conversación suele ser: “Siento haber venido por esto”, perdone que la moleste, pero es que…”, “quizá otros pacientes estén peor que yo, aunque…”. Se trata de los empáticos recalcitrantes, como los denomina Wen. “Sabemos perfectamente qué pacientes están peor que otros y nuestro trabajo consiste en ayudar, lo hemos elegido así y nos gusta hacerlo. No hace falta que sienta lástima por nosotros”, sentencia la doctora.

Fuente: el confidencial

Más allá de la “pornografía humanitaria”

En CATASTROFES Y URGENCIAS HUMANITARIAS/NOTICIAS. CONFLICTOS/OPINION

La imagen es una herramienta potentísima para trasladar mensajes

Hubo un tiempo en el que se hacía “pornografía humanitaria”. Los lastimeros niños desnutridos rodeados de moscas esperando ayuda son el mejor ejemplo. Eran las primeras campañas de las ONG, que consideraban esta táctica la mejor para tocar la fibra de sus potenciales donantes. Este tiempo se ha superado, según explica Josep Giralt, responsable de comunicación de la Fundación Vicente Ferrer (FVF) y de la expresión arriba entrecomillada. El proceso de transformación ha sido lento, desde principios de los noventa, gracias a un cambio en la sensibilidad de los ciudadanos y a “una gran autocrítica” por parte de las organizaciones. Pero la imagen sigue siendo una herramienta potentísima para trasladar mensajes. Es lo que se está debatiendo desde el pasado martes en Barcelona en las I Jornadas de Fotografía Social organizadas por la FVF y el Institut D’Estudis Fotogràfics de Catalunya.

Hoy no se busca dar lástima. Lo que se pretende es contar realidades. Y no siempre las más tristes y miserables. Al otro lado del objetivo hay personas y, por muy obvio que parezca, actuar con esta premisa sirve de salvaguarda para un resultado digno y profesional. Lo explicó el fotógrafo argentino Pablo Tosco, que trabaja para Oxfam Intermón desde hace seis años: “Necesitamos empatizar para que el otro te legitime a retratarlo. No se obtiene lo que las personas llevan dentro en un instante, es imprescindible dedicar tiempo”.

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Paciencia. Un término que parece anticuado y casi incompatible con la avalancha de información cibernética que muchas veces premia al más rápido antes que al mejor. La ha cultivado como pocas Jane Evelyn, 66 años, más de 40 con una cámara, a quien le crispa la simple mención de Internet y la idea de que sus imágenes pululen por la red sin control. Ella, que ha dedicado una década a retratar mujeres en prisiones; ella, que se pasó ocho años viviendo con prostitutas para mostrar su realidad, asegura que alcanzar la intimidad con los fotografiados es fundamental para que la instantánea sea sincera y poderosa. Evelyn, cuyo trabajo sirvió para desterrar algunas prácticas abusivas de las penitenciarías norteamericanas, es muy escéptica cuando se le pregunta si se puede cambiar el mundo con la imagen. “Me conformo con que la gente sea consciente de lo que pasa, de mostrárselo de una manera en la que no lo verían”. Y pone el ejemplo de uno de los proyectos que más le ha marcado: los últimos meses de vida de Jean-Louis, uno de los primeros europeos que, a finales de los ochenta, le pusieron cara al sida, una enfermedad por entonces temible, tabú y muy desconocida. Vivió con él durante semanas para contar que era “una persona”, que la gente con sida “existía y podría ser cualquiera”.

Y un concepto tan abstracto y hermoso como la empatía hay que respaldarlo con algo tan concreto y desagradable como la burocracia. Juan Carlos Tomasi, fotógrafo de Médicos sin Fronteras, testigo de un sinfín de conflictos en cada rincón del mundo en el último cuarto de siglo, esgrimía unos papeles en la mano derecha: “Sin esto no hacemos nada”. Eran formularios de autorización que usa siempre que retrata a personas con estigmas sociales (enfermedades, víctimas de maltratos o explotación…).

La premisa es que el anonimato y la dignidad no valen menos en unos continentes que en otros. Y que la indignidad no vende más que la riqueza cultural, según contó Juan Alonso, documentalista de la Fundación Vicente Ferrer, quien cree que mostrar la cotidianidad de aquellos a quienes se pretende ayudar debe de ser la aspiración de cualquier organización. Giralt, en esta línea, se mostró autocrítico con el imaginario que se creó con respecto a los países en desarrollo. “Ahora nos planteamos el porqué de cada foto, debatimos hasta la saciedad cuál es la más adecuada, hemos superado el paternalismo y el eurocentrismo a la hora de mostrar lo que sucede en el mundo, pero es un proceso diario que continúa. Todavía queda quien hace espectáculo y busca audiencia con el sufrimiento de los demás, como el programa de Toñi Moreno de Televisión Española”, reflexiona.

Las catástrofes, los sucesos, son el caldo de cultivo perfecto para caer en estas prácticas, incluso para profesionales que están concienciados de que deben predicar con el ejemplo contrario. Es el ejemplo de los miembros de Groundpress, un colectivo de fotoperiodistas centrados en temáticas sociales. Ocurrió con las revueltas mineras de 2012, como explicó Arianna Giménez, una de sus integrantes: “Fuimos dos de nosotros a pasar unas semanas con los mineros y cuando volvimos a seleccionar el material nos dimos cuenta de que sólo teníamos neumáticos ardiendo. Existían y había que mostrarlos, pero dábamos la sensación de que un minero es una persona que se dedica a montar barricadas y a tirar piedras, sin fijarnos en el conflicto que hay detrás de eso y contribuyendo al cliché”. Como su objetivo era justamente huir de él, volvieron a pasar un mes con los mineros para buscar otros ángulos.

La mayoría de los participantes en las jornadas coincidieron en autoaplicarse una frase de Ryszard Kapuscinski: “Para ser buen periodista hay que ser buena persona”. Publicar imágenes sin implicarse, sin tomar partido, incluso, les resulta casi imposible. Esto lo lleva al extremo el rumano Mugur Varzariu, para quien la cámara es una mera herramienta de cambio, como podría usar otra, como la política. Con 44 años, solo lleva cuatro dedicado a la fotografía y, tras algunas incursiones a realidades lejanas a su país, se dio cuenta que no tenía que salir de sus fronteras para encontrar injusticias en las que mojarse. Es un abanderado de la defensa de las comunidades gitanas, un colectivo maltratado y discriminado en muchos lugares de Rumanía. Al contrario que Jane Evelyn, se muestra convencido de que puede cambiar cosas. Y presume de ello: “Soy el enemigo público número uno de los políticos en muchas ciudades de mi país. Gracias a mis fotos he conseguido movilizar a gente y ONG que no estaban haciendo nada para evitar desahucios y mejorar la vida de muchas personas. Yo, una sola persona”.

Dar voz a quien no la tiene, ésa es la idea con la que coincidieron la mayoría de los ponentes. Los cambios y mejoras, si llegan, lo harán después. Primero hay que hacer visibles los problemas.

ElPais.com

Barcelona

 

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